martes, 18 de mayo de 2010

Cosas de toda la vida ... que no son precisamente de toda la vida (II) La fecha.

En la entrada anterior comentamos cómo el tiempo local de cada sitio iba evolucionando hacia zonas horarias y por qué utilizábamos las horas locales. En esta entrada nos dedicaremos a otra cosa que asumimos como de toda la vida pero que no es así.

Lo primero un poco de astronomía muy básica. A nadie se le escapa que vivimos en una bola rocosa que llamamos planeta Tierra que da vueltas en torno a una estrella de tipo Enana Amarilla llamada Sol. Nuestro pequeño planeta tarda aproximadamente 365 y seis horas en dar una vuelta completa a su estrella. Dado que el eje de la Tierra está inclinado unos 23º respecto al plano de la eclíptica con lo que en unas épocas del año y en según que hemisferio, hace más calor y en otras mas fría. A esto lo llamamos estaciones. Otro efecto aparente de esta inclinación es que a medida que nos acercamos al invierno la trayectoria del sol parece ser más baja y a medida que nos acercamos al verano hace lo contrario.

En torno a nuestro planeta gira un cuerpo de un tamaño considerable llamada Luna que nos da la vuelta cada 28 días aproximadamente (aunque lo cierto es que no es la luna que rodee la Tierra, sino que Tierra y Luna giran en torno al centro de masas de ambos) La posición relativa de la luna respecto al sol y a la Tierra hace que se produzca un fenómeno conocido como fases de la luna. En un momento determinado vemos todo el disco de la luna (luna llena) o no vemos nada (luna nueva) pasando por fases de crecimiento y decrecimiento aparente.

¿a qué viene tanto rollo si venimos a hablar de fechas? Muy sencillo. A la hora de hablar de horas comentábamos que la posición del sol ayudaba a calcular la hora. Pues guiándonos por estos astros podemos medir periodos de tiempo mayores ¿y porqué basándonos en estos astros y por ejemplo, dando cantidades arbitrarias como por ejemplo, grupos de 20 días (meses) y de 10 meses (años)? Pues no habría ningún problema pero resulta que esa división .... no sirve para nada. Y encima, cada año las fechas caerían en épocas distintas.

Posiblemente el primer sistema de medición de fechas fue la luna. Se fija un momento determinado del ciclo lunar (luna llena o luna nueva) y a partir de ahí se empieza a contar. Sale unos grupos de 28 días que recuerdan un poco a una cosa llamada mes que se usa hoy en día. Este tipo de cuentas tiene un pequeño problema: el año solar no coincide con un número entero de ciclos lunares.

Para medir el año solar ya hay que se un poco más fino pero tampoco hace falta ser un genio. De hecho, se ha medido desde hace miles de años (valga la redundancia) Hay un par de momentos relativamente sencillos de localizar: el momento en el que sol está más alto y en el que está mas bajo. Con un poco de paciencia y meticulosidad es fácil sacar la cuenta de que un año tiene 364 días .... claro que eso no exacto. Esto lo descubrieron los egipcios al menos hace 5.000 años. El problema es que esa mediciones se iban desajustando con los años y hacía falta recalcular el calendario. Aunque podamos pensar ahora que a los egipcios les daba un poco lo mismo si era enero o febrero, pues no es así. Las crecidas del Nilo se calculaban con bastante precisión y si el calendario fallaba, la cosa se iba al garete.

En China lograron calcular la duración del año solar con bastante precisión hace 2.000 años, tanta que el cálculo de la duración del año según los chinos difiere en menos de un minuto respecto a la actual. La diferencia es que su calendario es lunisolar es decir, que considera el movimiento lunar y solar. Cada año tiene doce ciclos lunares y cada cierto tiempo, el año tiene trece ciclos lunares. Un curioso y complicado sistema pero que sigue en vigor.

Varios siglos después de los egipcios una serie de bárbaros, salvajes e incivilizados que vivían por las cercanías del Tiber tenían un lío de calendarios considerables. Usaban calendarios lunares pero como no tenían un Nilo que creciera cada año, tampoco les preocupaba mucho. Hasta que llegó un señor llamado Julio César que unificó el calendario y creó un año oficial de 365 días al que cada cuatro se añadía un nuevo día para compensar el desfase que producen esas 6 horas de más que tarda la tierra en dar la vuelta al Sol.

Ya vemos que hace mucho que se conocía la duración del año, con lo que esto no parece ser el objetivo de esta entrada. La cuestión es que si preguntamos a la gente ¿cuándo empieza el año? lo normal que contesten las personas que viven en España (y que no trabajen en un restaurante o en un todo a 100) es el 1 de enero ¿y por qué esta fecha? Pues lo cierto es que una fecha arbitraria como otra cualquiera y que no siempre ha sido así.

En el antiguo Egipto el año empezaba en el actual mes de agosto, coincidiendo con la época de crecidas del Nilo (cuando se empezaba a trabajar en el campo, supongo) En el caso romano, el lector ya se habrá dado cuenta de que los últimos meses del año tienen un nombre sospechosamente numérico:  septiembre, octubre, noviembre, diciembre; pero ese valor numérico está desplazado en dos posiciones: diciembre es el mes doce, noviembre el nueve, etc. Esto es debido a que el año romano no empezaba en enero, sino en Marzo, el mes de Marte, dios de la Guerra y mes en que empieza la primavera. El motivo no era el que ahora podemos pensar como lógico (primavera-verano-otoño-invierno) sino que en marzo se preparaban las campañas militares.

El paso del primero de año al 1 de enero tiene su origen en la Península Ibérica, concretamente en Numancia en el s.XX AEC y como casi todo en la historia de la humanidad, tiene su origen en la guerra. Las campañas en la Península Itálica se podían preparar en Marzo para entrar en combate pa la caló, pero claro, de Roma a Numancia hay una calcetinada más que considerable y para cuando llegaban ya había refrescado (y en Soria, refresca de narices) con lo que tuvieron que adelantar el inicio del año a enero. De aquí se deduce que la resaca del día 1 de enero es un invento español. De no ser por nosotros, estaríamos celebrando el fin de año en Marzo, con un poco menos de fresquito, cosa que seguro agradecerían las chicas que llevan esos vestidos tan bonitos en Nochevieja pero que me da a mi que abrigan poquito.

Años más adelante, se iba acumulando un desfase en las fechas y sería un Papa, Gregorio XIII el que de nuevo reformaría el calendario, introduciendo pequeños ajustes al juliano. Este calendario no entra en vigor en el mundo a la vez, con lo que se da la curisísima casualidad de que Cervantes y Shakespeare fallecen el mísmo día (23 de abril de 1616) pero de calendarios distintos (en realidad Shakespere muere unos días después que Cervantes)

No obstante y ya resueltos los problemas de duración del año, los inicios del calendario no son iguales. Por ejemplo, en esta interesante entrada encontramos un hecho curioso: una lápida de un niño que nace en mayo y fallece en febrero .... del mismo año. No, no se trata de un capítulo de Lost. Es sencillamente que en Inglaterra y hasta el s.XVIII el año no empezaba el 1 de enero, sino el 25 de marzo (que ya son ganas de complicarse la vida) De hecho, es el día en que empieza hoy en día el año fiscal en UK.

Para resumir, lo que asumimos en España tan natural como el 1 de enero, es sencillamente una fecha arbitraria y que se ha puesto porque alguna vez hay que empezar el año. Podríamos haber elegido el solsticio de verano o de invierno o cualquiera de los equinocios o el 16 de marzo que es el día en que acabó la liga de futbol este año. Da lo mismo con tal que el ciclo se repita. Por ejemplo, en España, el curso escolar va más o menos de septiembre a junio (desde final del verano al principio) mientras que en Argentina el verano es en enero. En Ecuador no tiene asumido lo que son las estaciones porque no están tan definidas como aquí.

Lo único cierto es que necesitamos una fecha común para ponernos de acuerdo en cuando quedar, hablar, enviar mercancías, compromisos, etc. Pero al final de todo, cada fecha tiene su pequeña historia detrás.

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